martes, 15 de noviembre de 2011

La Bambouseraie de Prafrance: un entorno donde perderse


La Bambouseraie de Prafrance tiene sus orígenes en las primeras plantaciones que realizó Eugène Mazel en 1856. Su pasión por la horticultura lo llevó a aclimatar en estas tierras especies exóticas de América del Norte, Japón y el Himalaya. Con estos objetivos, creó además un canal para llevar el agua del río Gardon hasta Prafrance, y los invernaderos victorianos con fines decorativos y de experimentación.

Aprovechando sus relaciones como comerciante de especias, Mazel logró reunir en el parque una importante colección vegetal de coníferas, bambús, olmos, robles y plantas ornamentales. En 1902 el parque pasó a manos de la familia Négre, quien ha mantenido y enriquecido sus reservas hasta la actualidad.

La entrada a la Bambouseraie es anunciada por una avenida de bambús gigantes y secuoyas. En el tramo inicial se han colocado unos paneles que explican la historia del parque y dan detalles de su fundador. Luego, a medida que vamos avanzando, el follaje de los bambús queda tan entrelazado que nos sumerge en un bosque de sombras. Escépticos, nos preguntamos si acaso no hemos subestimado este sitio, la monumentalidad de lo natural sobrecoge y contesta implícitamente: esto es solo el comienzo, aún queda más por explorar.
 
La Bambouseraie es, en esencia, el acercamiento al mundo mágico vegetal y dentro de este, al de los bambús. Por ello, también nos informaremos durante el recorrido y a través de paneles, de sus diferentes utilidades y beneficios en la vida del hombre: su uso en la industria, como alimento, para la investigación científica, para la artesanía y el arte, para la arquitectura y también como símbolo cultural, entre otros.


Como muestra del valor del bambú para el hombre se presenta la réplica de un pueblo de Laos con sus típicas casas de bambú construidas sobre pilotes, un estanque con nenúfares, una vegetación subtropical que varía entre palmeras y platanales y hasta una granja de cerdos. Una colección de cestas, cuencos y utensilios dan fe de las labores artesanales.

 

Más adelante nos topamos con ejemplares de árboles que destacan por su edad, altura o ancho, como el caso del Gran Roble.
 

Como testigo de otros tiempos, se mantiene el antiguo edificio de la Granja, cuya existencia consta documentada en un catastro de finales del siglo XV.


Continuamos la visita, mientras nos contemplan silenciosos no solo diferentes especies de bambús, sino toda una vegetación espesa y variada de flores y árboles. En los puntos claves se han dispuesto pulsadores en varios idiomas que son audio guías que explican las particularidades de la especie en cuestión.


Hacia un lado se abre un sendero que conduce al Valle del Dragón, un jardín zen construido en el 2000, año del dragón, por el paisajista Eric Borja. Su diseño se basa en los principios del Feng Shui y ello se evidencia en la armonía que trasmite, en el contraste de colores y en la frescura de la conjunción de elementos que conforman el paisaje.


Al final del valle se alza el Pabellón del fénix rojo, construido con varios tipos de madera, como el cedro, el castaño y la acacia. Aquí se puede hacer un alto en el camino, disfrutar de las vistas del valle, respirar el ambiente de calma que trasmite, experimentar con la fotografía, perdernos y encontrarnos otra vez...


Tras abandonar el Valle del Dragón, volvemos al bosque de bambús y en el camino también vamos disfrutando de las obras artísticas expuestas en relación directa con la naturaleza y de los espacios reservados para las muestras de arte. En definitiva, y como ha dicho Muriel Négre: "Le travail de l'artiste fait partie de la sensibilisation à la nature".


Detrás de los invernaderos se esconde un jardín acuático. Árboles con formas caprichosas, helechos, juncos, lirios y otras plantas acuáticas rodean el estanque, donde nadan tranquilamente carpas koi de color nácar o plata, blancas o anaranjadas con pecas negras.

Los invernaderos Mazel albergan exposiciones botánicas permanentes y temporales. Entre las primeras, puede observarse la colección de plantas suculentas y plantas carnívoras, y la muestra de especias al natural, que despierta nuestra curiosidad olfativa. La exposición temporal que vimos se refería a los cultivos de fibras de las plantas, y temas como la fabricación textil, del papel y de colorantes y los usos de plantas como el lirio, el algodón, el cáñamo o la ortiga.

Pasando los invernaderos, nos encontramos con una muestra de bonsáis, dispuestos a nivel del agua, que después discurre como una pequeña cascada por los canales del parque.


Y para perdernos ya del todo y sentirnos como niños, nos adentramos en el laberinto de bambú. Podemos evocar la leyenda del hilo de Ariadna, o experimentar al azar entre las vías posibles hasta encontrar la salida. Fácil y divertido, para pasar un buen rato.

Para finalizar, pasamos por el Bambousarium y por último, por la zona de venta, donde se pueden adquirir plantas y complementos de jardinería. También hay paraditas con objetos artesanales y una bamboutique donde se venden artículos de decoración oriental, recuerdos, pinturas y libros especializados.

La Bambouseraie es como un museo natural, donde vamos a admirar la obra de la naturaleza y sus maneras de convivencia con el hombre, es un espacio para disfrutar en paz y llenar nuestros pulmones de savia limpia e inspiradora.


Web de la Bambouseraie de Prafrance: www.bambouseraie.com


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